reconnexions_process_cover

Nací y crecí en Madrid, España. Mi hijo Steven nació en Londres en 1987, pero volvimos a España cuando tenía 2 meses y de nuevo al Reino Unido en 1996.

A finales de 2012, todo iba bien.Yo llevaba años trabajando como Lectora Universitaria de postgrado. También trabajaba como Intérprete para la policía y los juzgados y en conferencias por todo el mundo. Además me había cualificado como Instructora de Tai Chi y Qigong tras 15 años de práctica y el año anterior había empezado a dar clases en mi barrio, que eran muy populares.

Nuestra pequeña familia -mi marido, mi hijo Steven y yo -junto con Melvin, nuestro Labrador Retriever- disfrutaba de la vida. 

Steven había terminado su Licenciatura Universitaria en Lenguas Modernas con Traducción en 2010 y estaba trabajando como traductor.

En noviembre de 2012, empezó a sentirse mal. Fue al médico de cabecera cuatro veces en otros tantos meses, pero le dijeron repetidamente que era sólo un virus invernal. El 3 de febrero de 2013 tuvieron que llevarle al hospital en ambulancia y le diagnosticaron cáncer de testículo, estadio IV, que se había extendido por el sistema linfático hasta los pulmones. El cáncer de testículo tiene una tasa de supervivencia del 95%, si se detecta pronto.

¿Cómo era esto posible? Era un joven supersaludable de 25 años. Comía sano, jugaba al fútbol dos veces por semana, nunca había fumado y casi nunca bebía más de una copa de vino o una cerveza.

Lo dejé todo inmediatamente para dedicarme completamente a apoyarle. Durante los 20 meses siguientes, investigamos y probamos todo: medicina y terapias ortodoxas y alternativas, prácticas espirituales, zumos, dieta ecológica, suplementos y mucho más. Tuvo que soportar dos cirugías terribles y cantidades enormes de durísima quimioterapia intensiva, incluyendo dos trasplantes de médula. Con cada ciclo de tratamientos, el cáncer parecía “desaparecer”, pero volvía con más furor poco después. La fortaleza y la actitud siempre positiva de Steven eran admirables. Nos sostuvo a todos hasta el final, mientras seguíamos esperando un milagro. 

En septiembre de 2014 fuimos a Madrid porque Steven quería celebrar el 80 cumpleaños de mi madre. Tuvimos que llevarle al hospital poco después y pasó las últimas tres semanas de su vida rodeado del amor de toda nuestra familia y amigos. Yo estuve con él 24 horas al día.

MI único hijo -luz de mi vida- falleció en mis brazos por la mañana temprano del día 10 de octubre de 2014. Tenía 27 años. 

Nada podría haberme preparado para la desolación que sentía. Mi vida y mi corazón se derrumbaron a mi alrededor en millones de pedazos. Gemí, grité, aullé, lloré a raudales. Los días parecían pasar en un océano negro de dolor indescriptible, de lágrimas, de incredulidad. ¿Cómo podía continuar girando el mundo cuando mi mundo se había desintegrado?

El “dios” del que me hablaban cuando era joven ya no me servía. Me habían criado en la fe católica en España, pero había dejado de ir a la iglesia 30 años antes. Lo cuestionaba todo. ¿Acaso existía “dios”? ¡Ningún “dios” habría permitido que ocurriera esto!

Deseaba poder creer que “dios” existía. Al menos así habría tenido algo o a alguien a quien culpar, a quien dirigir mi rabia.

Empecé a buscar a mi hijo. No podía aceptar que no quedase nada de él más que una urna llena de cenizas, algunas fotografías y mis recuerdos.

Comencé a sentir su presencia y a recibir señales inequívocas. Pero, por mucho que deseaba creer que era todo “real”, mi mente consciente seguía diciéndome que el dolor me estaba volviendo loca, que estaba delirando.

Así que decidí intentar encontrar pruebas irrefutables de que hay vida después de la muerte y de la supervivencia del alma. He continuado leyendo, estudiando y explorando incesantemente -incluyendo amplia evidencia clínica y científica bien documentada.

He recibido muchas señales y mensajes detallados a través de médiums excepcionales, me he entrenado y he practicado la mediumnidad y he explorado diversos métodos de contacto directo con mi hijo.

Este intenso viaje me ha transformado de escéptica de mente abierta -aunque muy analítica- en “creyente”.

Me resultaba muy difícil aceptar ayuda de terapeutas que no entienden lo que significa perder un hijo y no pude encontrar ningún apoyo alineado con el marco espiritual que necesitaba incorporar ahora a mi vida para sobrevivir.

Tenía que permitirme sentir todas las crudas emociones que afloraban y quería poder continuar hablando sobre mi hijo y sobre mi dolor, pero esto hacía que mucha gente se sintiese incómoda y que a menudo respondieran con tópicos que me herían profundamente. Todo esto me hacía aislarme cada vez más del mundo no afligido por el duelo.

 Y, además de reinventarme y reconstruir mi espiritualidad, ¿qué más me ha resultado útil?

Muy poco después de que falleciera mi hijo tuve la “triste suerte” de encontrar un grupo de apoyo mutuo que me permitió conocer a gran cantidad de otros padres y madres en duelo, muchos de los cuales se han convertido en querid@s amig@s. También he conectado profundamente por medio de las redes sociales con muchísimos padres y madres de todo el mundo que han perdido a sus hij@s.

Un par de meses antes del temido primer aniversario del fallecimiento de mi hijo, leí un libro escrito por un padre que había perdido a su mujer y a dos de sus hijos y que ahora dedica su vida a ayudar a otros a vivir con sus pérdidas. Durante unos cuantos meses, tuve sesiones semanales online con él.

Más adelante, encontré una organización de apoyo fundada por un padre y una madre norteamericanos que habían perdido a sus hijos y que en ese momento resonaba con mi nuevo entendimiento spiritual. Comencé a dirigir un grupo local de apoyo, pero 18 meses después decidí dedicar mi tiempo, energía y esfuerzos exclusivamente a mis propios proyectos.

Estaba empezando a darme cuenta de que tan solo un padre o madre que ha perdido a su hij@ puede intentar comprender y apoyar a otr@s en este camino inimaginable y de que muchas madres y padres en duelo no tienen acceso al apoyo espiritualmente abierto que necesitan. 

Mientras continuaba preparándome espiritualmente y académicamente, “Rexonnexions” empezó a tomar forma en otoño de 2016.

Decidí probar distintas terapias que podía utilizar para ayudarme a mí misma y me entrené en aquellas que me servían, para poder apoyar a otr@s que han perdido a sus hij@s.

Con este propósito, me he cualificado como Hipnoterapeuta, Master de Programación Neurolingüística y Terapeuta Transpersonal de Duelo.

He adaptado estas y otras muchas prácticas a las necesidades específicas de los padres y madres en duelo, con un enfoque holístico y espiritual.

Y -después de todo esto- ¿qué quiero decirte a ti, querido padre o madre que estás en este club al que nadie quiere pertenecer?

Hemos perdido a nuestros hij@s y tenemos que afrontar el resto de nuestras vidas sin su presencia física. 

Estoy segura de que tú -igual que yo- habrías dado tu vida sin pensarlo a cambio de la de tu hij@ y de que lo darías todo para volver a tenerle contigo en este mundo. Pero ambos sabemos que eso no es posible.

Nunca seremos las mismas personas que éramos antes de la muerte de nuestros hij@s, pero espero que podamos encontrar una “nueva normalidad”, un nuevo propósito que nos ayude a seguir adelante en su honor y en su memoria.

Siempre echaremos de menos a nuestros hij@s y siempre habrá dolor, pero podemos hacer mucho por continuar viviendo de la mejor manera posible.

Con el tiempo -gracias al trabajo tremendamente duro del duelo- podremos llegar a pensar sobre todo en los buenos recuerdos de la vida de nuestr@s hij@s, en vez de en los dolorosos hechos relacionados con su muerte.

Yo he tomado la decisión consciente de transformar mi tragedia y mi pérdida en un propósito que tiene sentido: ayudar a otras madres y padres en duelo de todas las maneras que pueda y continuar buscando la luz al final de cada túnel y en la salida de cada agujero profundo y oscuro.

Sé que es una decisión que tendré que seguir tomando una y otra vez durante el resto de mi vida. Con la ayuda de toda la gente maravillosa que he encontrado y continúo encontrando, los túneles y los agujeros van siendo poco a poco menos numerosos y la luz va siendo más brillante y sanadora.

No puedo hacer esto sola. Ningun@ de nosotr@s podemos.

Este es mi camino, mi decisión mi historia de pérdida, amor incondicional y supervivencia.Y sé que estoy siendo guiada a cada paso por mi hijo, mi padre y otros seres queridos que se han ido y por algo mucho más grande que yo, a lo que no siento la necesidad de dar un nombre.

Tu camino y tu historia pueden ser muy distintos al mío, pero me gustaría compartir lo que he aprendido contigo, si así lo deseas.

 Con mucho cariño:

                                        Marta Arce Dubois

 

Mi niño, mi hijo: 9 de julio de 1987 – 10 de octubre de 2014

Durante el resto de mi vida buscaré momentos llenos de ti.

Siempre seré tu madre. Te quiero, Steven.

reconnexions_process_cover